En el verano de 1984, un amigo le pasó a Paul Simon un casete sin etiqueta. Dentro estaba el "township jive", la música callejera de los suburbios negros de Johannesburgo. Simon quedó obsesionado. Dos años después, esa obsesión se convirtió en Graceland, uno de los discos más queridos —y más polémicos— de la década. Este 25 de agosto cumple 40 años.
El disco que rompió un boicot
Para grabarlo, Simon hizo algo que muchos consideraron imperdonable: viajó a Sudáfrica. Corría 1986, en pleno apartheid, y la ONU mantenía un boicot cultural para aislar al régimen racista. Simon lo cruzó. Se encerró en un estudio de Johannesburgo y grabó con músicos negros sudafricanos —entre ellos el coro Ladysmith Black Mambazo—, dándoles una vitrina mundial que el sistema les negaba.
La reacción fue feroz. El Congreso Nacional Africano y varias organizaciones antiapartheid lo acusaron de legitimar al régimen y de saltarse una herramienta clave de la lucha. Para ellos, ningún disco justificaba debilitar esa solidaridad. Y la crítica iba más allá: algunos hablaron de apropiación cultural, de un músico blanco de Nueva York llevándose el sonido de un pueblo oprimido.
El otro lado del argumento
Simon nunca aceptó esa lectura. Sostuvo que no tocó para públicos segregados ni cobró del gobierno —de hecho, había rechazado dos veces tocar en Sun City— y que grabar con esos músicos no era explotarlos, sino amplificarlos. Les pagó tarifas muy por encima de lo habitual y compartió con ellos escenario y créditos. Tuvo el respaldo de figuras como Harry Belafonte y Quincy Jones, y del propio sindicato de músicos negros sudafricanos.
¿Quién tenía razón? Cuarenta años después, la respuesta sigue siendo incómoda. El boicot era una causa justa, y romperlo tuvo un costo real. Pero también es cierto que Graceland llevó a Ladysmith Black Mambazo y al sonido sudafricano a oídos de todo el planeta, y que muchos de esos músicos defendieron el disco con orgullo.
Lo que el tiempo dejó claro
Lo que nadie discute es la música. Graceland ganó el Grammy al álbum del año y, cuatro décadas más tarde, no suena fechado: suena vivo. Su mezcla de pop, coros zulúes y aquel bajo inolvidable sigue erizando la piel.
Tal vez esa sea la lección más honesta del disco: que el arte y la ética no siempre caminan tomados de la mano, y que una obra puede ser, a la vez, magnífica y discutible. Cuando suene en Stereo 97.9, vale la pena recordar todo lo que hay dentro de esas canciones: una obsesión, una polémica y un puente entre dos mundos que la política quería mantener separados.
